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Cartagena

Cartagena es Caribe. Sus murallas y su arquitectura colonial, sus casas de leyenda que se cuentan en las aldabas de sus portones, la alegría de su gente, sus aromas y colores la hacen una ciudad ideal para recorrerla por horas, para degustarla en una diversidad de bocados que saben a historia y mar.

Encuentra personajes mágicos, atemporales, alegres y emblemáticos: palenqueras con frutas y dulces, cocheros de guayabera, vendedores sonrientes y bailarines casuales que contagian las plazas con su música y ritmo. Su imponente cordón amurallado que funge de fortaleza, encierra su diversidad, la que la hace patrimonio de la humanidad. En sus calles se respira cultura, gastronomía, tradición y alegría. De día hay una vida tranquila que se adapta al calor y la humedad, y de noche, es destellante, diversa y sabrosa.

Por supuesto el privilegio de estar a orillas del Caribe hace que Cartagena viva en una permanente fiesta de cocteles con frutos del mar. Encuéntrelos en una avenida adornada de terrazas con parasoles o a orillas de la playa y no deje de probarlo, lo embrujará. Deléitese con las mesas de pescado fresco apostadas en las afueras de su plaza de mercado y ya adentro sumérgase en la delicia de sus arroces de mariscos.

Las calles también son el lugar de las señoras que con orgullo preparan las frituras más deliciosas, antojos que pueden satisfacerse igual en la mañana que luego de una fiesta: no puede irse uno sin caer rendido ante la arepa e’ huevo, una masa de maíz rellena con huevo y carne guisada, que se frita ante nuestros ojos, o la carimañola, una suave fritura de yuca y queso. Si le suenan ricas y reconfortantes es porque lo son.

Ya sea en palanganas o en carretas, hay una abundancia de frutas tropicales: frescas en trozos, en coloridos jugos o en paletas y helados, estas recorren, decoran y aromatizan la ciudad en todo momento. Son el mejor remedio para el calor, pruebe sin dudar el corozo, el mamey o el níspero: son sabores que viajarán de regreso a casa en su memoria.

Cartagena siente un orgullo especial por sus artesanías culinarias; tiene un pasaje de dulces tradicionales en donde descubrirá las bondades del coco; tiene un mercado lleno de sorpresas regionales, pero ante todo es el hogar de cocineros de corazón: tanto los puestos callejeros como los restaurantes ofrecen una comida abundante y cálida, generosa. De noche, luego de haber vivido la alegría de sus históricas calles o de haber pasado un día maravilloso en la playa es ideal sentarse a vivir los sabores; ningún foodie querrá abandonar tanta felicidad.